El superhéroe apareció un jueves lluvioso sobre el techo de un supermercado chino.
Nadie sabía de dónde había salido.
Llevaba capa negra, botas altas y una máscara tan dramática que parecía atravesar una crisis existencial permanente.
La gente esperaba algo impresionante.
Rayos.
Poderes mentales.
Explosiones.
Músculos absurdos.
Pero no.
Su habilidad especial era detectar exactamente cuándo una persona estaba a punto de rendirse emocionalmente.
Nada más.
No podía volar.
No podía pelear.
No salvaba al mundo.
No tenía abdominales.
Apenas llegaba a subir escaleras sin agitarse.
Le decían “El Umbral”.
Porque aparecía justo antes del derrumbe.
Una mujer llorando en un baño público.
Un hombre mirando una cuenta imposible de pagar.
Una adolescente borrando un dibujo porque “era horrible”.
Alguien sentado frente a una computadora pensando:
“Ya está. No hago más nada.”
Ahí aparecía él.
Nunca hacía discursos heroicos.
Detestaba las frases motivacionales.
Simplemente se sentaba cerca.
A veces cebaba mate.
A veces acomodaba papeles.
A veces miraba por la ventana como si hubiera ido a otra cosa.
Y decía pequeñas estupideces.
—“Qué cansancio existir con espalda.”
—“Las personas deberían mudar de piel como las serpientes y también cambiar de silla.”
—“Hay días en que sobrevivir ya cuenta como actividad productiva.”
Nada profundo.
Pero funcionaba.
La gente no se salvaba mágicamente.
No se volvía feliz.
No resolvía su vida.
Solo lograba aguantar un poquito más.
Que, según él, era el verdadero superpoder humano.
Una madrugada encontró a una mujer rodeada de ventanas abiertas, blogs a medio hacer y carpetas caóticas.
Ella parecía poseída por el agotamiento.
Tenía el pelo desordenado, una manta torcida sobre las piernas y la mirada de alguien que llevaba demasiadas horas intentando encontrar una frase hermosa para justificar su propio desastre.
—No puedo pensar más —dijo ella.
—Perfecto —respondió El Umbral—. Pensar está sobrevalorado después de la una de la mañana.
Ella soltó una risa cansada.
Y eso ya era bastante heroico.
Él miró la pantalla llena de imágenes absurdas.
—¿Qué hacés exactamente?
—No sé.
—Excelente. Ahí empiezan las mejores cosas.
Ella lo observó con sospecha.
—¿Vos sos un superhéroe posta?
—Más o menos.
—¿Y cuál es tu poder?
El hombre quedó en silencio unos segundos.
Después respondió:
—Evitar que la gente cierre algo hermoso cinco minutos antes de terminarlo.
Ella se quedó quieta.
Porque entendió inmediatamente.
Y eso daba un poco de miedo.
Antes de irse, El Umbral dejó un papelito arriba del escritorio.
Decía:
“No abandones esto solo porque estás cansada.
El cansancio no siempre dice la verdad.”
Después desapareció bajo la lluvia.
Probablemente caminando, porque el muy inútil tampoco sabía volar.





